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Episodio piloto:

Con cuatro basta

– Supongo que querrás seguir manteniendo la subvención.

Y así, desde el comienzo nuestra familia empezó de forma poco convencional. Y es que si hay un chantaje por excelencia para comenzar un matrimonio ha sido el penalti de toda la vida. Vale, el dinero no es algo novedoso, eso ya lo sé, pero normalmente suele ser para dar un braguetazo, y, en este caso, nada de eso se asemejaba a la realidad. Más bien consistía en evitar que la bragueta me pillara los huevos, algo que es fácil que suceda cuando estás jugando en arenas movedizas. Y cierto de nuevo que las arenas movedizas poco se pueden relacionar con pilladas de huevos, pero los giros argumentales de Héroes fueron menos creíbles y aquí estamos. O si no, e insisto, qué pintaba la animadora en un futuro hipotético que había sido ocasionado porque se supone que la habían matado en el pasado ¿Eh? Pero vamos al lío, que esto no es un foro de series de televisión, o sí. Porque nuestra vida bien podría quedar reflejada en una serie de televisión, y si encuentro tiempo para guionizarla y un productor con ganas de invertir en un fracaso absoluto puede que salga a la luz.

Es más. Os propongo un experimento, pero para ello tenéis que tener la mente abierta ¡Eh, el que está tumbado en el sofá de su casa! He dicho la mente, no otra cosa, que no estoy aquí para hacer porno…, nah, eso en otro momento. Ya que he empezado con este rollo tan Como conocí a vuestra madre, que, ni de coña, llega a los pies a Friends, imaginad que sois los sufridos hijos de Ted Mosby y os voy a contar una historia increíblemente larga, que dos adolescentes no aguantarían ni por asomo sentados en un sofá, pero que la magia de la televisión lo puede hacer. Eso sí, esta historia no se parecerá a ninguna que hayáis visto, aunque las cosas que pasen puede que se hayan repetido una y otra vez, que es uno de los inconvenientes de vivir en la era de la información y de los medios audiovisuales. En cualquier caso retomemos donde hemos empezado.

– Supongo que querrás seguir manteniendo la subvención.

Esa frase me la dijo el decano de la universidad en su despacho hace exactamente un año. Un mes de septiembre como este. Mientras el profesorado de fuera estaba estresado venga a correr y a adaptarse a planes que no terminaban de entender, frente a mí tenía al mandamás de la facultad exponiéndome su pequeño chantaje. Un chantaje que tenía un poco de venganza, pero poco a poco, que hay mucho turrón y la dentadura se resiente si lo mordemos de golpe. El caso es que el buen señor tenía un hijo de treinta años que no terminaba de licenciarse en empresariales, que viene a ser una carrera a la que van quienes no saben qué estudiar, o quienes quieren trabajar de administrativos pero creen que una formación profesional se les queda pequeña, bueno, y algún raro que sabe a lo que va (que nadie se ofenda que tengo para todos, incluso para los míos, que los psicólogos no nos quedamos atrás).

 Según él, había sido un niño muy consentido, con dos papás catedráticos difícil no haberlo sido, y no sabía lo que era el esfuerzo. Según papi-decano, el niño, con treinta años hace tiempo que debía tener vello púbico como para llamarle niño, se juntaba con gente muy poco productiva cuya mente sólo se curraba el salir de fiesta y ponerse cachas, y como quería que estuviera con gente que no supiera lo que es eso, se le había ocurrido meterle en nuestro piso. Estuve a punto de replicarle un poco ofendido por habernos llamado sosos y feos, pero me dio más chirrío cuando dijo nuestro piso, porque fue él quien uso la expresión nuestro piso, y así con un posesivo utilizado a conciencia estaba poniendo sus cartas en la mesa. Y como este párrafo habrá confundido la mente del lector medio, antes de continuar la historia me veo obligado a explicar en qué punto estaba mi vida, profesional y académica, hasta el momento de haber quedado con el decano.

Para empezar, me llamo Kepa, lo cual quizás no tenga mucha importancia, pero creo que está mal soltar una chapa como esta sin haberse presentado, y soy de esas personas que dan mucha rabia: superdotado. Y además soy inteligente (error 404: Gracia not found). Siempre se me habían dado muy bien los estudios, sin prestarles demasiado interés la verdad. Para mí estudiar bien se había convertido en mi salvación, una vía de escape para salir de un futuro como pescador en el pueblo que viví mis primeros años, pero también en una maldición. En mi entorno aprendí que nadie quiere a una persona que aprueba y además sabe lo que aprueba y quiere seguir haciéndolo, y menos a una persona que sabe engatusar a los profesores y a alumnos. Porque esa era otra. Ni era pelota, ni popular, pero sabía sacar a la gente lo que quería. Los profesores me tenían en estima porque rara vez creaba problemas gratuitos, influenciado por el influjo hormonal, y porque para mí tener una carrera significaba mucho, a muchos niveles, como para jugármelo por tonterías. Pero esos profesores a la vez me tenían miedo, y no porque pudiera quemarles las ruedas que poco tengo que ver con la generación E.S.O., sino porque no me callaba ante ninguna cosa que considerara injusta y muchos docentes no se encuentran preparados para que un moco les haga ver sus propias cagadas. Así de repelente fui de pequeño. Y para más cojones, no disimulaba mi forma de ser, es más, me gustaba que la gente estuviera nerviosa a mi alrededor. Por lo menos ciertas personas.

Cuando llegó el turno de ir a la universidad me decanté por psicología, que es donde va toda persona que o bien tiene una monja interior o bien necesita cuatro años de regodearse en sus propios traumas, y como llegados al segundo ciclo (para las nuevas generaciones, las licenciaturas en mi época tenían dos ciclos) me aburría un poquito, me saqué Antropología Cultural de paso. ¿A qué doy asco? No es que yo lo vea así, pero ha habido mucha gente que por diversos motivos me lo ha dicho: por ser listo, por pelear por lo que quiero, por vivir mi sexualidad libremente, por ser sincero, por ir a mi rollo y pasar de los suyos. Reconozco que  desde pequeño la vida me hizo ser un poco capullo, y a ratos un gran cabrón, sí, pero casi siempre fue para protegerme y poner una máscara evitando que me hicieran daño todos los que lo han intentado. Espero que esto último quede entre nosotros, aunque como este libro llegue a ser best seller supongo que será un secreto peor guardado que el gusto por tangas de Rappel (para los jóvenes, un señor vidente de la tele que llevaba túnicas y gafas al revés, y odiaba los bóxer). ¡Joder! ¡Se me ha vuelto a ir la olla! Avisadme si vuelve a pasar, porque quiero introducir la historia de nuestra peculiar familia y me voy a pasar las páginas hablando de mí en esta introducción, y luego viene Aristóteles y me arrea una buena por saltarme la estructura clásica de la narración.

El caso es que los años de universidad, y sobre todo teniendo en cuenta que mi familia no nadaba en dinero, me dediqué a vivir de becas y becas, muchas de ellas de colaboración con profesores que, la verdad sea dicha, me aburrían como ostras, pero pagaban bien. Sobre todo porque no cogía cualquier beca. Así que un paso lógico fue apuntarme al doctorado, con un expediente bueno y unos previos tan sólidos, lo difícil hubiera sido que me negaran la beca para una investigación. Y no tardé en terminar el doctorado. Lo cual me aterró- estoy metiendo un poco de sprint para no enrollarme mucho con mi vida y situaros lo antes posible en el presente- porque si algo acojona a un tío que se ha pasado la vida estudiando y en un mundo tan ajeno a la realidad como el académico es enfrentarse al mundo laboral, sobre todo en un país donde trabajar es lo más mediocre que se puede hacer. Y seamos francos, salvo excepciones el tejido empresarial de este país no está liderado por personas preparadas, intelectuales y emprendedores que quieren gente de ese estilo con ellos, y por eso suelen anular a sus trabajadores que, incluso en los cargos más técnicos, se convierten en productores y cosas como el crecimiento personal y el desarrollo de habilidades que no incidan directamente en la producción son odiadas y atacadas. Ese percal me acojonaba más que ahogarme aplastado por los senos de Yola Berrocal. Así pues, logré una plaza a media jornada en la universidad, lo cual no daba para mucho, y me quedaba cerrar dos aspectos importantes: conseguir algo más de dinero y alojamiento lo más barato posible, algo que en una ciudad como Donostia era misión imposible; más aún que mezclar falleras, toros y procesiones (Perdona Tom, pero desde hace tiempo te la debía).

Al ritmo de dos por uno logré solucionar esos dos problemas, o al menos eso pensaba. Mi tesis se centraba en analizar las nuevas tribus urbanas y sus pautas de condicionamiento, especialmente la adaptación a las nuevas tecnologías, lo cual queda muy bonito y eso es lo que nos gusta en el lenguaje científico, que las cosas queden bonitas y que, sobre todo, no se parezcan a lo que quieren decir. Por otro lado en esos momentos compartía piso con Héctor y Berto, a los cuales podría estar describiendo durante horas, pero como esto no es un ensayo sobre las cualidades de la humanidad lo diré enseguida: dos frikis de manual. Fans de la trilogía primera de la guerra de las galaxias, adictos al WOW, habitantes de las redes sociales, coleccionistas compulsivos de ediciones limitadas, etc. Bueno, me entendéis. Héctor era químico, y estaba doctorándose investigando alteraciones físicas de ciertos compuestos químicos, mientras Berto se dedicaba a la robótica, concretamente a la nano robótica. Vamos, me tenéis que creer porque nadie se iba a inventar algo tan tópico. Además nunca se sabía dónde comenzaba uno y terminaba el otro porque siempre estaban juntos, así que será habitual que cuando mencione a uno tenga que mencionar al otro. El caso es que se me ocurrió la brillante idea de realizar un estudio postdoctoral de campo longitudinal sobre las relaciones sociales de dos nerds (bueno lo de nerds lo puse de una forma más elegante) becado, y, por si acaso, os traduciré que al decir de campo quería decir que la universidad nos proveyera del lugar donde hacerlo, de un hábitat adecuado en el que conviviría yo con los sujetos, es decir que nos cedieran una casa. Y, con longitudinal quise decir durante mucho tiempo, y con becado que me pagarían por ello.

Convencer a Héctor y Berto no fue muy difícil, o por lo menos más fácil de lo que yo me esperaba; al parecer, y no sé si os lo he dicho ya, la ciencia no es algo valorado en este país en demasía, y aunque fueran de los mejores en su campo, sus bolsillo agradecerían librarse de pagar un alquiler, bueno, sus bolsillos y el dueño de la tienda de cómics. A cambio, tenían que ayudarme a hacer ciertos test y pasar alguna que otra prueba de comportamiento. Y aunque aceptaron esto con todas sus consecuencias, no se comportaban de manera muy deportiva cuando tocaba pasar estas pruebas porque todo lo que tuviera que ver con las ciencias sociales les sonaba a chufa, casi como a todo el mundo, pero ellos desde la perspectiva de científicos serios. Y ¿por qué les aguantaba? Pues porque además de ser mis dos mejores amigos, yo también era un poco friki, no a sus niveles por supuesto, y nos divertíamos un montón. Además, no me importaba todo lo que se metían con mi profesión porque según mi religión, que adora al monstruo espagueti volador, pagarían sus ofensas en un infierno de albóndigas en salsa mal hechas. Porque a pastafari, no me gana nadie.

Y aquí volvemos a estar, en el despacho del decano, y ahora que conocéis la historia os imagináis el dilema. Por supuesto el dilema consistía en cómo decírselo a estos dos, que para eso de la convivencia son más raros que un perro verde, porque no me quedaban más cojones que aceptar a ese chico en mi casa. Un chico que no conocía y que, visto que tenía que vivir con nosotros sólo deseaba que estuviera bueno (el padre, a pesar de su edad se conservaba muy bien) y alegrara la vista por las mañanas. Aún así opté por un último intento.

– No, si yo no tengo inconveniente en que entre. Lo que pasa es que llevamos varios años de estudio, y que entrara una persona nueva, además ajena al mundo de los sujetos, podrías desestabilizar el proyecto. Y después de tanta inversión…

– No creas  que no lo había pensado. Pero llevas cinco años con el proyecto, y más o menos se encuentra en el ecuador, así que tenemos datos suficientes de la interacción de los sujetos con el medio, con lo que sería muy útil analizar cómo reaccionan a una persona ajena a sus costumbres ¿No crees?

Por los huevos me tenía cogido.

Y por este tipo de frases detecté que estaba consumando esa venganza que, tarde o temprano debía llegar, porque hay algo que no os he dicho: la universidad no habría aceptado de coña ese dinero si no hubiera sido porque pillé al decano, entonces rector, en brazos de dos prostitutas que daban mejor en cámara que él. No me suele gustar dejar cabos sueltos.

– Hay algo que me extraña. ¿Nos invitas al McDonald’s tú? Después de la brasa que nos metes con la importancia de una alimentación sana y de cómo destruyen estos sitios la selva….

– Sí, sí, sí, ya lo sé.- Tuve que interrumpir a Berto antes de que siguiera. Se iba a dar cuenta que llevaba todo el día intentando que estuvieran de buen humor. Media mañana buscando cómics, el resto comparando precios y buscando novedades entre el Game y el Gamenonstop, y ahora comida en el MacPerro. Quizás me había pasado, y puede que me delatara, pero total, la bomba había que soltarla cuanto antes- Vosotros disfrutad, un día no hace daño- aunque los ardores de la nueva salsa especial iban a acompañarme toda la noche.

– Pues por Kepa y su generosidad.

Ambos alzaron su Coca Cola tamaño maxi- me habían exprimido los muy cabrones- e hicieron un brindis por la invitación. Entonces fue cuando tuve que actuar, porque el móvil de Berto hizo una señal de que había recibido una nueva respuesta en su foro de Galáctica y Héctor se estaba empezando a memorizar los ingredientes de las hamburguesas para tratar de descifrar sus componentes ocultos. O me daba prisa o los perdía.

– Me alegro que digáis que soy generoso, y que os parezca bien la generosidad, chicos,- ¡Bien! Me estaban prestando atención, por lo menos los treinta euros de gasto no iban a desperdiciarse- porque el caso es que tenía que hablar con vosotros y sobre nuestro apaño con el piso.

– ¿Necesitas que pasemos un nuevo cuestionario de vudulogía?, ji ji ji- En serio, lo que no soporto de ellos es cuando se ríen a la vez; parecen demasiado tópicos

– No, más bien me refería a incluir una nueva persona en el piso.- Según lo dije sorbí un trago del refresco y atrincherado detrás de la pajita observé como se atragantaban con un trozo de hamburguesa y patata, sí todo a la vez- Sé que os lo debería haber comentado, pero me enteré ayer y no tenemos opción. Es el hijo del decano y que entre a convivir con nosotros depende que sigamos viviendo aquí. O eso, o alquilamos un piso y se acabó el dinero para comprar ediciones especiales de los X men, ni subastas de bustos de Lucy Lawless, que ya os vale chicos, debéis actualizarlos.- El guión lo llevaba preparado, sobre todo porque llevaba tiempo queriendo decirles que sus gustos son demasiado añejos-  Mirad, nada o muy poco va a cambiar. Sólo quiere que su hijo se relacione con personas más ordenadas vitalmente, lo cual es irónico porque lo manda a vivir con dos postadolescentes con síndrome de Diógenes en plan edición limitada- mirada fulminante en 3…- y nada más. Quizás se os pegue incluso algo de él.

Inútil, ya les había perdido. Oír que era un mandato que venía desde arriba y que yo no había podido deshacerme de ello se convertía en motivo suficiente para saber que no había elección, y no haber elección supone que dos personas que, excepto en el WoW tienen el modo conflicto en ahorro de energía, cuando no desinstalado, implicaba volver a sus cosas. Para mí, aunque no lo parezca, no representaba mucho alivio. Los conflictos podrían aparecer en cualquier momento, y ahora que aún estábamos los tres podía haber sido un momento inmejorable para tratarlo, para unir nuestras fuerzas, para… ¡Va! ¿A quién quiero engañar? Yo tampoco tenía muchas ganas de hablar de ello.

Y así fue como esto empezó;  os he metido quizás mucha chapa, pero la verdad es que esta historia hay que situarla muy bien, porque es el comienzo de una familia, y esta va a ser la historia de esta familia. No esperéis la historia de Padres Forzosos (joder con la traducción), aunque algunas gemelas alcohólicas ya conocimos, ni los problemas crecen, aunque lo hicieron pero sin que nadie acabara en una secta, ni cosas de casa, pese a que algunos experimentos de estos dos figuras dejaban los de Urkel a la altura de un aficionado de primaria, ni os esperéis nada como el príncipe de Bell Air, sinceramente porque nunca hay que esperar nada como eso, por favor, que horror. Ni eso ni  Zoey 101. Hay cosas que superan la barrera de lo cruel.

Bueno, pues si sois morbosos, y así creo que es, pasad adelante, a este libro en forma de sitcom o a esta sitcom novelada que tenéis entre las manos. Hay de todo, risas, amor, sexo, líos, conflictos, y no en ese orden precisamente. Y no me digáis que el principio no promete, porque, decidme qué sitcom que se precie no comienza con la llegada de alguien que altera el microcosmos donde viven sus protagonistas. Un primo de un país inexistente, por fortuna, llamado Balki hizo las delicias de su primo; un joven en coma durante dieciocho años introdujo siete vidas, aunque mejoró mucho cuando él se fue. La entrada de Rachel Caren Green en Friends, o de Penny en Big bang theory son otros dos ejemplos buenos de lo que quiero decir. Y ¡qué cojones! Cosas de casa se convirtió en otra serie cuando apareció Urkel- no he dicho buena, he dicho otra-, aunque la actriz que interpretara Raquel decidiera irse porque tenía mucho peso este personaje. También hay series que empiezan con la muerte de alguien, pero vamos, este no es el caso.