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Intimidad

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Sabía que algún día volaría. Lo supe desde el primer momento en que la vi. Su rostro, suave como el viento, la hacía parecer frágil, pero como este, era fuerte y capaz de derrumbar cualquier muro que se propusiera. Y de la misma manera era libre, jamás tendría dueño, ni siquiera lo quería. Yo lo sabía, hay que estar muy ciega para no darse cuenta de ello, pero eso no significaba que no fuera a cometer la tontería de quererla. Resultaba imposible no quererla. Todo en ella era adorable, pero en especial esa imagen volátil de imposibilidad, que al final es lo que queremos todos. Me acuerdo de aquella poesía de Bécquer, en la que diferentes chicas se le insinúan, rubias y morenas, pasionales y dulces, pero se queda con aquella etérea, con aquella que no le promete nada, que más bien le promete sufrimiento. Y es que el ser humano es así, al fin y al cabo; nos aburrimos cuando no tenemos metas y nos creamos problemas cuando no los tenemos. Y por eso la quise, porque era inevitable no quererla.

No sé decir que es lo que recuerdo especialmente del tiempo que permanecimos juntas. Siento que cada minuto fue especial, que cada recuerdo de todo lo que compartimos me va a marcar el resto de mi vida. Aunque de alguna manera me da la sensación de que todo aquello fue un sueño, y que ahora, despierta, estoy tumbada en la cama deseando poder volver a dormir y seguir con aquello. Pero al igual que cuando por las mañanas me despierto con esa sensación, sé que es imposible.

Nuestros cuerpos desnudos después de hacer el amor, eso sí que era una composición; ella con su mirada en el aire, perdida, ausente, pero allí; y yo, sombra de quien antes fui, no me sentía incomoda con mi desnudez como me pasaba últimamente. El cuerpo, ese templo que tanto adoramos, y que se nos vuelve un enemigo extraño e interno al que odiamos cuando se nos presenta ruinoso como un Partenón, derruido y patético, recordando tiempos mejores, pero altivo, y exhibido en lo alto; allá donde no se pueda esconder del ojo humano. Pero por algunos instantes mi cuerpo dejó de ser una ruina, y se convertía en un lugar de peregrinación, con facetas que incluso yo desconocía. La gloria de los caídos que se vuelven a levantar. Dicha y júbilo. Después muerte y soledad. Y es que no se sabe que es mejor, si recordar un templo ya destruido o conservarlo en ruinas. Lo desconozco. Aunque ella lo reavivó.

Me pasaba su mano por debajo de mi cintura y me besaba. Así es como me despertaba cada mañana. Una ducha, una charla mojada en café, y hasta luego. Yo trabajaba, ella vivía. Nunca le pregunté lo que hacía, sé que no me lo hubiera dicho. Aunque ella si lo hizo, me preguntaba sobre mi día, sobre mis sueños, sobre mí. Me hacía sentir importante. Incluso me preguntaba sobre aquello que yo no quería contestar a nadie. Pero a ella no se lo podía negar. Por la noche, mientras la televisión se afanaba en llamar nuestra atención con gritos de madres e hijas que quieren tener su espacio propio en un mundo que sólo se lo daría si son capaces de llegar a las mayores cotas de auto-humillación,  ella me observaba desde su hueco en el suelo,  me preguntaba sobre todo lo que se le pasaba por la cabeza, aunque había temas que siempre evitaba tocar, sobre todo los temas que se alargaban en el tiempo.

Pero eso a mí me daba igual. Creí que jamás nadie iba a volver a poner sus ojos en mí con deseo, con lo que la inexistencia del amor eterno se transformaba en un mar menor entre la balsa que formábamos ella y yo. Jamás nosotras. Me conformaba con haberla conocido, con haberla disfrutado. A ella, felina en todo lo que hacía, mimosa e independiente, le debo el haber vuelto a desear vivir. Solo a ella. Ese es mi regalo.

Me seco el sudor mientras pinto su retrato, mientras cojo un lápiz y termino el contorno de su cuerpo de mi cabeza. Y es que desde que se fue no logro sacarla de ahí dentro, es como si su cuerpo se hubiera ido pero para esconderse dentro de mí. Cada cara que veo es la suya, cada traje que me pongo es el suyo, cada suspiro que doy es por ella. Y necesito sacarla de mi cabeza, necesito plasmarla en un cuadro, en donde pueda verla, en donde pueda recordarla, pero en donde, por primera vez desde que la vi en aquel soportal, yo pueda tener el poder de decidir dónde y cómo. Y es que incluso sin estar es capaz de hacer conmigo lo que quiere.

Por eso la pinto, por eso este lienzo está cobrando vida gracias a mi desesperación. Dentro de poco podré volver a verla, podré tenerla en frente como antes, y ya no habitará en mi mente. Yo la quise. Pero ella se fue. Yo la quise. Y ella se dejó querer. Más de lo que yo esperaba, más de lo que yo me sentía capaz a aspirar. Más de lo que el Partenón puede desear ser algún día. Ella y yo. Jamás nosotras. Se dejó querer. Y se sigue dejando querer entre pinceladas titubeantes que impregnan de formas lo que antes era blanco. Necesito sacarla de mi cabeza ahora que no está. Necesito recuperar mi vida, la misma vida que ella me enseño a vivir, la vida a la que yo había renunciado. Necesito volver a ser yo, pero no quien era antes de conocerla, no, quiero volver a ser la misma que dejé de ser entonces. Y ella en mi cabeza me recuerda que la disfruté, y cuando la tenga en el papel la volveré a disfrutar. Aún queda posibilidad para que yo vuelva a ser querida. Pensé que todo había acabado, y resulta  que no había hecho más que comenzar.

Su retrato esta terminado ¿Lo está? Cada línea de su cara está dibujada, cada detalle, cada pliegue de la ropa que llevaba cuando me la encontré. Su figura,  tal cual la conocí, huyendo de la lluvia inesperada, como tantos estábamos bajo aquellos soportales de la Plaza de Gipuzkoa. La dibujé con sus manos agarrando el gorro de su chubasquero en un intento fugaz de evitar que el viento, fuerte en esta ciudad, le arrebatara su única protección frente aquel incesante goteo de agua, repentino como las tormentas de verano, y destructivo cuando lo quiere ser.  Sí, esta tal cual la vi, pero falta algo, hay un elemento que siento que debiera estar presente y en cambio se me escapa. Cojo el lápiz decidida a enmendarlo pero me es imposible, no puedo hacerlo sin saber qué es lo que tengo que arreglar. El cuadro es perfecto, es ella. Nadie lo dudaría. Pero no la reconozco. Es como cuando ves un cadáver, sabes que el cuerpo que tienes en frente se corresponde con el de la persona que una vez conociste, pero hay algo que observas y echas en falta.

El alma dicen. Si creyera en ello la llamaría así, pero creo que es un elemento mucho más complejo que esas explicaciones sencillas para gente que busca respuesta y no se hace preguntas. No, es la esencia. Y es lo que faltaba a este cuadro. La esencia. Quizás es que este retrato para mí es como su cuerpo muerto, como el cadáver de una relación con fecha de caducidad desde el primer día. No. Siento que dentro de mi mano está la clave, que yo voy a ser la que puedo darle a este cuadro su vida, la que sabe cómo hacer que lo que queda de nuestra relación sea algo más que un cadáver, algo más que un cuerpo vacío de esencia que va pudriéndose con el tiempo, que se descompone en mil pedazos integrándose de nuevo en la tierra de donde sus predecesores salieron millones de años antes.

No. Nuestra relación no es un cadáver. No necesita maquillaje para brillar, porque jamás fuimos un ser vivo. Éramos ella y yo. Jamás nosotras. Lo nuestro no era vida, era energía. Éramos como las estrellas que ostentosas en el cielo muestran su brillante luz hacia los demás que las admiran, ignorando que en realidad cada haz de luz es uno menos que queda, que cada esfuerzo por mantenerse radiante es un paso hacia la muerte. Y como las estrellas, cuando dejan de brillar, explotan y se transforman en enanas blancas, en supernovas, o incluso en agujeros negros, recordando que se estuvo allí o impidiendo que otro lo este, cualquier cosa antes que convertirse en un cadáver, podredumbre, en algo que se descompone y vuelve a empezar desde cero.

Miro. Vuelvo a mirar. Y adivino. Suelto lo primero que se me viene a la cabeza. Estoy vieja, pasé la barrera de los cuarenta hace mucho y la edad no perdona. No soy quien era, aquella inteligente profesora universitaria, alabada por algunos, odiada por otros. Quizás el tiempo me ha hecho así, quizás desde que no doy clases, desde que cogí aquella baja que se prolonga como el invierno lo hace en Laponia, esperando que lo que quede sea verano. Pienso. Lo quiero dejar, debería dejarlo. Cada segundo que paso frente a este cuadro me siento como una enferma. Pero debo hacerlo. Por mí. Por ella. ¿Qué es?

Un descanso, eso me irá bien, sí. Voy a la cocina a por un vaso de agua y mientras esta va cayendo en el vaso, me noto un picor en los ojos. No me acordada que hoy llevo más de diez horas con las lentillas, y medio día pintando. Debo tener los ojos rojos ¡Rojos! Esa es la respuesta. Corro hacia el estudio dejando el vaso en una posición peligrosa en la mesa. Rojos. Pero da igual, sé la respuesta. El retrato es en blanco y negro, pero ese es el detalle que faltaba, el color. Aquel día se lo había pasando llorando.

Y es que precisamente lo que faltaba eran las lágrimas, el elemento que fue presente en nuestra relación. Sus lágrimas ante un padre que la había pegado, que le había dejado más de una cicatriz desde que le dijo que era lesbiana. Lágrimas suyas de aquel día, que decidió abandonar aquel suplicio, que decidió que cualquier destino era mejor que aguantar aquella masa de rabia, aquel ser asustado ante la vida, que, como animal malherido, golpea todo lo que le rodea para protegerse, en este caso para proteger su ignorancia. Y lágrimas mías. Lágrimas de cuando ella desnudó mi maduro cuerpo, de sentir como era la primera vez en mucho tiempo que lo desnudaba sin nadie vestido de verde. Lágrimas de cuando besó el hueco en el que antes descansaba mi seno; lágrimas de volverme a sentirme guapa, atractiva para alguien; lágrimas reprimidas por querer aparentar ser fuerte. Las lágrimas eran nuestro nexo de unión. Y cuando las dos fuimos fuertes nos separamos, nos dijimos adiós. Estaríamos lejos, la una de la otra, pero en nuestro interior no nos separaríamos. Porque fuimos ella y yo, jamás nosotras, porque la intimidad era de cada una. Porque intentábamos hacer nuestras vidas separadas y coger fuerza. Porque cada noche el cuerpo de una era el refugio de la otra ante las tormentas del día Porque nos supimos querer. Por eso, yo la he pintado.